Parece que con la llegada del frío o del calor, depende del hemisferio
en que se esté, en noviembre se
desata un repentino ataque de
feromonas que provoca una avalancha de nacimientos bajo los signos de Leo
y Virgo. Nací yo (la burra al frente), mi mamá, mi papá, mi amigo Luis, un ex (en realidad dos exes), el ex de una amiga, Carmen, Viviana, María Elena, el suegro de mi hermano, mi tío Eduardo, Giannira...
Somos muchos los que vimos la luz por primera vez en este octavo mes. Somos tantos a los que se nos ocurrió salir de la calma y la paz, de la pureza y la inconsciencia, del calorsito y la comodidad. Llegamos para compartir el oxígeno que nos rodea (¿o debería decir monóxido?) y para estrenar una millonada de células desesperadas por despertar luego de la inyección de vida inoculada con el último pujo antes del desfogo.
Este año ya van 34 veces que me acuerdo de dónde vengo (bueno, 31 porque las 3 primeras hay que admitir que uno no sabe ni dónde está la teta) y aunque todavía no sé con certeza hacia dónde voy, empiezo a comprender que mientras siga acá, tengo todo el resto de mi vida para continuar con la aventura de averiguarlo.
[ por si acaso cargo con mi celular, una brújula y mucha agua ]


